Don Quijote #Cervantes2018 Cap. 36

Gonzalo Darrigrand
7 min readJun 2, 2020

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Apuntes de la lectura colectiva de la obra de Miguel de Cervantes Saavedra

El capítulo 36 comienza con un bello bosquejo de la moralidad burguesa: «El ventero, que estaba a la puerta de la venta, dijo: “Ésta que viene es una hermosa tropa de huéspedes; si ellos paran aquí, guadeamus tenemos”».

La palabra latina significa “gocémonos” y alude al último libro del Nuevo Testamento, el Apocalipsis o Las revelaciones de San Juan, un pasaje conocido como “El triunfo en el cielo”: “Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado” (19.7)

La idea es señalar la llegada de la conclusión de la novela que ocurrirá a través de una larga serie de ejemplos de “desvelamientos”: el término más adecuado es “anagnórisis”, que quiere decir “reconocimiento” en griego, y desde La poética de Aristóteles se ha considerado un punto clave de la obra literaria.

Por cierto, el género literario que depende casi exclusivamente del “anagnórisis” es la novela bizantina.

El ventero describe lo que ve: cuatro jinetes, «todos con antifaces negros; y junto con ellos viene una mujer vestida de blanco, en un sillón, ansimesmo cubierto el rostro, y otros dos mozos de a pie».

Dorotea se cubre el rostro y Cardenio se esconde en el aposento de Don Quijote, uno de los jinetes sienta a la mujer en una silla de la venta y los dos mozos llevan los caballos al corral.

El cura interroga a uno de los mozos, pero éste sólo sabe que los otros les habían rogado a él y su compañero que los acompañen «hasta el Andalucía, ofreciéndose a pagárnoslo muy bien»

Los temas del comercio y la trayectoria norte-sur. Notables también aquí son los ecos del destino final de Camila en La novela del curioso impertinente, pues el mozo le dice al cura que la señora «va forzada donde quiera que va; y, según se puede colegir por su hábito, ella es monja o va a serlo, que es lo más cierto, y quizá porque no le debe de nacer de voluntad el monjío, va triste, como parece».

El cura vuelve a la venta. Están presentes Sancho Panza, Dorotea con su antifaz puesto, el cura, el barbero, Cardenio, detrás de la puerta del aposento, y una mujer y un jinete anónimos, los dos con antifaces.

Lo que sucede ahora es una versión grave y melodramática de la escena cómica y caótica del capítulo dieciséis, cuando Maritornes había visitado al arriero en el camaranchón de Don Quijote.

Mientras que reinó la confusión y el malentendido en el episodio de Maritornes, ahora predomina el reconocimiento y la aclaración.

Primero, Dorotea, «movida de natural compasión», le ofrece ayudar a la mujer anónima, ante cual gesto el jinete embozado responde con una observación amarga: «No os canséis, señora, en ofrecer nada a esa mujer, porque tiene por costumbre de no agradecer cosa que por ella se hace, ni procuréis que os responda, si no queréis oír alguna mentira de su boca».

La mujer anónima le replica que «mi pura verdad os hace a vos ser falso y mentiroso». Con esas frases, Cardenio grita, «¿Qué voz es esta que ha llegado a mis oídos?».

La mujer, «toda sobresaltada», se levanta para entrar en el aposento y el caballero la detiene. Se le cae «el tafetán con que traía cubierto el rostro, y descubrió una hermosura incomparable y un rostro milagroso, aunque discolorido y asombrado». Vamos a querer recordar esa imagen.

«Callaban todos y mirábanse todos, Dorotea a don Fernando, don Fernando a Cardenio, Cardenio a Luscinda, y Luscinda a Cardenio» Anagnórisis.

Luego, se le cae el embozo al caballero que detiene a la mujer milagrosa, «y alzando los ojos Dorotea, que abrazada con la señora estaba, vio que el que abrazada ansimesmo la tenía era su esposo don Fernando»

Dorotea desata un «¡ay!» y se cae en brazos del barbero. «Acudió luego el cura a quitarle el embozo, para echarle agua en el rostro, y así como la descubrió, la conoció don Fernando, que era el que estaba abrazado con la otra, y quedó como muerto en verla; pero no porque dejase, con todo esto, de tener a Luscinda, que era la que procuraba soltarse de sus brazos».

Pensando que se desmaya Luscinda, Cardenio sale del aposento. Ahora tenemos un momento de alta tensión: «Callaban todos y mirábanse todos, Dorotea a don Fernando, don Fernando a Cardenio, Cardenio a Luscinda, y Luscinda a Cardenio».

Luscinda rompe el silencio, hablando a don Fernando: «dejadme llegar al muro de quien yo soy yedra… Notad cómo el cielo, por desusados y a nosotros encubiertos caminos, me ha puesto a mi verdadero esposo delante».

Luscinda misma da voz al efecto que han tenido tanto los preceptos aristotélicos como el Concilio de Trento en la literatura del siglo XVI: los milagros en la literatura ya no son tan permisibles ni convincentes; los autores tienen que recurrir a eventos menos fantásticos para provocar “admiratio” en el lector.

Luego Dorotea «se levantó y se fue a hincar de rodillas» a los pies de Fernando, «y, derramando mucha cantidad de hermosas y lastimeras lágrimas» le implora: «Yo soy aquella labradora humilde a quien tú, por tu bondad o por tu gusto, quisiste levantar a la alteza de poder llamarse tuya; soy la que… abrió las puertas de su recato y te entregó las llaves de su libertad».

En su larga arenga se destacan, con carácter humanista en su ordenación, ciertos temas que ya hemos visto: el libre albedrío de la mujer («más fácil te será… reducir tu voluntad a querer a quien te adora, que no encaminar la que te aborrece a que bien te quiera»), la esclavitud («admíteme por tu esclava; que como yo esté en tu poder, me tendré por dichosa»), la pureza de sangre («considera que pocas o ninguna nobleza hay en el mundo que no haya corrido por este camino… la verdadera nobleza consiste en la virtud»), la religión («testigo será la firma que hiciste, y testigo el cielo, a quien tú llamaste por testigo de lo que me prometías») y la ética personal («tu misma conciencia no ha de faltar de dar voces callando en mitad de tus alegrías»).

Al final, don Fernando se rinde: «Venciste, hermosa Dorotea, venciste; porque no es posible tener ánimo para negar tantas verdades juntas».

Y cuando Fernando deja a Luscinda, ésta cae en brazos de Cardenio y le dice, «Vos sí, señor mío, sois el verdadero dueño desta vuestra captiva».

Para el lector moderno puede resultar difícil ver a esas mujeres sumisas como reflejo de un discurso progresivo, pero hay que mantenerse presente la época conservadora en la cual Cervantes escribió.

Los puntos clave son tanto el hecho de que las voluntades de las mujeres se articulen y respeten como el de que los deseos relativamente violentos de los hombres se moderen.

De hecho, parece que más que nada Cervantes formuló su texto como manera de poner un bálsamo paliativo al posible brote de violencia en la Sierra Morena.

Por tanto, cuando todos los amantes están finalmente reunidos, surgen de nuevo los celos y Dorotea nota «que don Fernando había perdido la color del rostro y que hacía ademán de querer vengarse de Cardenio, porque le vio encaminar la mano a ponella en la espada».

Luego tenemos la imagen final de todas esas historias: Dorotea «se abrazó con él por las rodillas, besándoselas y teniéndole apretado, que no le dejaba mover, y sin cesar un punto de sus lágrimas le decía: “¿Qué es lo que piensas hacer?”». Le implora portarse de manera verdaderamente noble, expresando la lógica que parece ser un punto decisivo de la novela de Cervantes: «que este tan notorio desengaño no solo no acreciente tu ira, sino que la mengüe en tal manera, que con quietud y sosiego permitas que estos dos amantes le tengan sin impedimento… y en esto mostrarás la generosidad de tu ilustre y noble pecho, y verá el mundo que tiene contigo más fuerza la razón que el apetito».

En esto todos, incluso Sancho Panza, «rodeaban a don Fernando, suplicándole tuviese por bien de mirar las lágrimas de Dorotea».

El efecto final es la reformación del noble andaluz, que «se ablandó y se dejó vencer de la verdad». A Luscinda le dice: «Levantaos, señora mía, que no es justo que esté arrodillada a mis pies la que yo tengo en mi alma; y si hasta aquí no he dado muestras de lo que digo, quizá ha sido por orden del cielo, para que viendo yo en vos la fe con que me amáis os sepa estimar en lo que merecéis».

Luego todo el mundo se echa a llorar, aunque el narrador nos da una pequeña aclaración del caso de Sancho Panza: «después dijo que no lloraba él sino por ver que Dorotea no era, como él pensaba, la reina Micomicona, de quien él tantas mercedes esperaba».

El capítulo termina con la historia de Fernando, quien explica cómo había robado a Luscinda del claustro del monasterio en el que se había refugiado, para traerla hasta la venta donde, según el narrador, «se rematan y tienen fin todas las desventuras de la tierra».

Evidentemente, para Cervantes, la venta es simbólica de la solución a los problemas sociales más graves de Andalucía, o de todo el mundo; solución sobre todo a los efectos desastrosos de la violación, la venganza y los celos con que muchos tendemos a justificar el uso de las espadas contra nuestros prójimos.

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Una voluntad servida por una inteligencia

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